El deseo revolucionario

Ignorando las diferencias humanas verdaderas, las mujeres ‘liberadas’
nos hemos encontrado matándonos para tener hijos y al
mismo tiempo ser tan profesionales en los trabajos como los compañeros o maridos. Hemos dejado a las criaturas como hemos
podido, en guarderías o con tatas, separándolos de nuestros cuerpos
prematuramente, ahogando nuestra líbido y sus deseos; recurriendo
al plástico: biberones y chupetes como consoladores ya que
nuestros cuerpos insensibilizados no estaban disponibles para permitir la relación amorosa con las criaturas. Recurriendo a las
cunas, porque somos mujeres ‘iguales’ que los hombres y tenemos
que estar dispuestas enseguida a volver a la cama conyugal, a la
vida matrimonial, a vivir la sexualidad definida a la medida del
hombre. Dejaremos incluso de dar de mamar porque nos ata demasiado a los bebés y además estropea nuestra estética sexual que tiene que corresponder al arquetipo de mujer deseable por los hombres.
Dejaremos a los bebés en las guarderías para volver enseguida
al trabajo, ya se sabe que las mujeres no somos buenas profesionales
porque si tenemos hijos estaremos …¡¡3 meses!! ausentes del
trabajo. ¡Qué lata esto de las mujeres! ¡No hay seriedad profesional!
Entonces tenemos que combatir esta idea y demostrar que,
como somos iguales a los hombres podemos trabajar igual que
ellos aunque tengamos hijos y que la maternidad no va a afectar
nuestro trabajo ni nuestro curriculum profesional.
Quizá si hubiéramos aprendido a amar a la madre entrañable,
separándola y diferenciándola de la madre víctima, represora y
pedagoga, desmitificando aquello de que te reprimen por tu propio
bien etc. etc. hubiéramos podido recuperar el hálito del deseo
materno para amar a nuestras criaturas por encima de los intereses
patriarcales. Como decía Fromm (10), el verdadero crimen en la
tragedia de Edipo no es el de Edipo, sino el de Yocasta que manda
matar a su hijo para salvar al marido: es el crimen que cometemos
las madres patriarcales cuando abandonamos a nuestras criaturas
para salvar nuestra triste posición en la sociedad patriarcal.
Conocemos el caso de algunas mujeres ‘liberadas’, orgullosas de
su soltería y de su reconocimiento profesional, y que, ya en su
madurez, en la culminación de su ‘liberación’ deciden tener un hijo
solas, es decir, sin padre legal. Esto sería perfecto si no tuviesen
que contratar a una chacha, comprar amor mercenario para su bebé
porque, ¡ay!, gran paradoja, en el cenit de su liberación no puede
permitirse el lujo de dejar fluir sus deseos y que la criatura que ha
parido se críe en ellos. Tiene que renunciar al amor maternal. Así
los/as hijos/as de las mujeres ‘liberadas’ se crían con consoladores
de plástico y la mujer se traga como puede la frustración y la depresión post-parto para no estropear su carrera profesional.
Hay mujeres que, huyendo del sometimiento milenario de la
mujer por el orden patriarcal, y al no tener en cuenta las raíces del
mismo, tratan de liberarse dentro del mismo paradigma patriarcal,
entendiendo la maternidad tal y como ha sido sometida por el padre
y ejerciendo ellas mismas directamente de padre. Sobre este fenómeno, dice Victoria Sau (11) No se dan cuenta de que rechazan,
condenan y asesinan una sustituta, una aya, una nodriza, una institutriz, una criada, una esclava, una eme función de pe, pero nada más. Ese pobre y desdichado fruto de la maternidad como impostura…
Y porque las propias madres impostoras fueron olvidando a
través de los siglos que lo son, se toman a sí mismas por reales
añadiendo confusión a la confusión .
Y una se pregunta ¿que ‘liberación’ es ésta que no permite a la
mujer vivir su maternidad, ni criar a sus criaturas? ¿Que ‘liberación’
es ésta que exige a la mujer vivir la maternidad como algo
tangencial, algo que hace además de ser igual al hombre, que es lo
importante y en donde radica su ‘liberación’? ¿Dónde está la liberación si tiene que negar la función de su sexo, dejando la mitad de su cuerpo y de sus emociones por los suelos? ¿Qué liberación es esta que significa doble trabajo, el marginal, el doméstico, el de
hijos/as, -además del profesional? ¿Y cómo puede llamarse ‘igualdad’ a la situación que supone trabajar por lo menos el doble que el hombre y que significa la represión de la líbido, de la condición vital de mujer? No, la liberación de la mujer no pasa por la igualdad de los sexos, porque la igualdad de los sexos es mentira y esto cualquiera que no sea un o una intelectual intoxicado/a por el racionalismo patriarcal puede verlo; y lo que esa ‘igualdad’ encierra es una maternidad impostora y un falsa femeneidad.
La liberación de la mujer supondría el reconocimiento de una
igualdad en cuanto a que ninguna criatura humana es superior ni
inferior a otra, y al mismo tiempo un reconocimiento de su sexualidad específica y de la maternidad como algo sustancialmente
diferente de lo admitido actualmente. La lucha contra la inferiorización social de la mujer tiene que ser necesariamente una lucha contra la degradación y robotización de la maternidad y contra la institución del matrimonio. En lugar de reivindicar más robotización de la función materna, reivindicar su humanización, lo cual supone liberarla de la institución del matrimonio (que la vincula a los patrimonios) y de la medicina (que destruye su sexualidad).
¡Qué ardor el de las corrientes de opinión y de los movimientos
políticos reformistas a favor de la robotización de la maternidad
que, en cambio, no hacen ni dicen nada en contra de la institución
del matrimonio!
Nuestra propuesta no es separar la sexualidad de la reproducción
sino separar ambas y por separado del matrimonio:
puesto que creemos que la maternidad es otra sexualidad; puesto
que reivindicamos la reproducción no robotizada, no subyugada
por la ley, y la recuperación de la madre entrañable cuyo deseo
prioritario es dar y conservar la vida, sin explotar ni esclavizar ni
reprimir, ni infligir sufrimientos a nadie.
Lo que precede presupone tener en cuenta la diferencia de los
sexos, no hacer tabla rasa, pues eso precisamente, el hacer tabla
rasa con el listón puesto en la medida de lo masculino, es lo que
determina la desigualdad, la discriminación social de la mujer.

Texto de Casilda Rodrigañez, La represión del deseo materno.
https://sites.google.com/site/casildarodriganez/

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